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MONSEÑOR MARCOS PÉREZ CAICEDO, UN HOMBRE DE FE Y SENCILLEZ


El 20 de junio del presente año, el Papa Francisco nombró a Monseñor MARCOS AURELIO PÉREZ CAICEDO como nuevo Arzobispo de Cuenca.

El pasado 20 y 21 de julio, el nuevo Pastor de la Iglesia del Azuay, visitó la Curia Arquidiocesana, la Catedral de la Inmaculada y el Seminario San Luis. En su visita a la Curia, dialogó brevemente con sus colaboradores, quienes se presentaron y le dieron un saludo de bienvenida. El jueves ofreció una rueda de prensa ante los principales medios que difunden informaciones desde el sur del país.

Monseñor Marcos Pérez, con una sonrisa dibujada en su rostro, gentilmente aceptó mantener un breve diálogo para este espacio, y con sencillez y franqueza expresó sus primeros pensamientos y aspiraciones, en los siguientes términos:

¿Cómo nació su vocación a la vida sacerdotal y de servicio a la Iglesia?

Yo recuerdo que desde pequeño tuve el deseo de servir al Señor. Creo que desde que tuve uso de razón sentí esa llamada de Dios. Vengo de una familia muy pobre y humilde de Daule y allí siempre se respiró un ambiente de piedad, de una piedad sencilla; y yo creo que gracias a esa influencia positiva y a ese buen ejemplo de los abuelitos, de los tíos y de mis padres, yo comencé a cuestionarme en el tema sacerdotal. Eso yo lo tengo muy presente; pues, desde pequeño, mi primera idea de trabajo y de servicio fue la de ser sacerdote: servir al Señor y a mis hermanos.

¿Qué sintió usted cuando llegó a saber que el Santo Padre pensó en usted para nombrarle como el nuevo Pastor de la Iglesia de Cuenca?

Bueno, uno siempre se impresiona ante estas cosas. Pues, como usted sabe, yo he trabajado solo en la Costa: en Guayaquil, en Babahoyo, nací y crecí en Daule. Entonces, no estaba dentro de mis cálculos, o de mis planes el que vaya a trabajar luego en una jurisdicción de la Sierra. Pero junto a ese asombro que uno tiene en el primer momento, está la acción de gracias al Señor, que se transforma en confianza. Y lo primero que dije es: Señor, confío en Ti. Yo no tengo tal vez la capacidad ni la experiencia para cumplir una responsabilidad tan grande, pero confío en Ti; confío en tu misericordia, porque tú me vas a ayudar, para hacer lo mejor posible, para cumplir esta misión que me encomiendas. Porque para mí esto es una misión pastoral: no es una carga, ni un cargo, es una misión.

Monseñor, usted lo ha dicho, entre Babahoyo y Cuenca hay una gran diferencia. ¿Cuál es su esperanza al llegar como el nuevo Pastor de esta Arquidiócesis?

Mi esperanza es poder continuar con el anuncio del Evangelio, de ese Evangelio de la Misericordia, tal como el Santo Padre nos lo ha mencionado muchas veces, especialmente en este año dedicado al “Dios de la Misericordia”. Venir y hacer realidad, -en medio del pueblo azuayo- ese Evangelio de la cercanía, de la misericordia, de la compasión que Jesús predicó y vivió. Ese es mi deseo, y quiero hacerlo en comunión con los sacerdotes, con los religiosos, con todos los agentes de evangelización que tiene la provincia.

Y es que el desarrollo que tiene la Iglesia aquí en Cuenca y en el Azuay, es grande, tiene una organización pastoral muy bonita: Vicarías episcopales, sacerdotes en cada parroquia, comisiones, escuelas de formación; son como 6 mil catequistas, los movimientos laicales están bien organizados. Entonces, yo cuento con el apoyo de todos esos hermanos y juntos tenemos que hacer que la Iglesia cuencana se fortalezca.

Finalmente, ¿Cuál sería su mensaje para sacerdotes, diáconos, religiosos y para los fieles en general, que quieren -quizás- recibir la bendición de su nuevo Pastor?

El Pastor tiene que bendecir y yo estoy para bendecir y desear el bien a mi pueblo. Acojo con sumo agrado todas esas muestras de afecto de la ciudadanía, del pueblo cuencano, porque veo que en los saludos, en la sonrisa, en la petición de mucha gente que busca la bendición, está presente la espiritualidad del pueblo cuencano. Por eso, al llegar a esta Arquidiócesis, yo doy una vez más gracias a Dios y gracias también a la gente por la acogida. Que ellos sepan que tienen aquí en esta casa, la casa natalicia del Santo Hermano Miguel, a un hermano, a un amigo al que pueden venir a ver con toda tranquilidad, porque siempre estoy dispuesto a escuchar.

Los recibirá siempre, ¿Aun rompiendo los protocolos?

Mire, yo no soy hombre de protocolos. El hecho mismo de haber nacido y crecido en el seno de una familia pobre y sencilla, hace que deje a un lado muchas cosas que tal vez no son las más importantes y me permite dedicarme a lo que para mí es importante y esencial, como es el trato con la gente y que a su vez la gente, por medio de este servidor, llegue a un encuentro con Dios.


Diácono Reinaldo Hallo Ulloa

 
       
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