Al final de la vivencia de la Semana Santa del presente año, celebramos la Resurrección de Cristo Jesús, el cual, venciendo el pecado y la muerte, resucitó para nunca más morir. Jesús, con su muerte y resurrección, cumplió fielmente la obra de la salvación que el Padre le había confiado. Muriendo destruyó la muerte y resucitando nos ha devuelto la vida. En la cruz llevó a cabo la obra de la redención, con lo que adquirió para los seres humanos la salvación y la verdadera libertad.
Al celebrar la Pascua, Jesucristo, vencedor del pecado, se presenta en nuestro camino, como se presentó a los Apóstoles, con los signos de la pasión, para demostrarnos que Resucitado es el mismo que murió en la cruz y que sus dolores los siguen padeciendo muchos hombres y mujeres de hoy.
Cristo vivo está presente en los trabajadores oprimidos de manera formal o informal en todos los sectores, desde el trabajo doméstico al de la agricultura, de la industria manufacturera a la minería. Lo reconocemos “en las condiciones de vida de muchos emigrantes que, en su dramático viaje, sufren el hambre, se ven privados de la libertad, despojados de sus bienes o de los que se abusa física y sexualmente. Está en aquellos que, una vez llegados a su destino después de un viaje durísimo y con miedo e inseguridad, son detenidos en condiciones a veces inhumanas. Pensemos en los que se ven obligados a la clandestinidad por diferentes motivos sociales, políticos y económicos, y en aquellos que, con el fin de permanecer dentro de la ley, aceptan vivir y trabajar en condiciones inadmisibles, convirtiéndose en esclavos” (Papa Francisco).
El que murió en la cruz está presente en todos los secuestrados y encerrados en cautividad por grupos terroristas. Muchos desaparecen, otros son torturados, mutilados o asesinados. Familias enteras sufren oprimidas por bandas criminales que las extorsionan, siembran el caos y la inseguridad.
Jesús, con los signos de la pasión, está hoy realmente presente en los niños abusados y maltratados, en las madres que luchan por la vida y la dignidad de sus hijos, en los ancianos y enfermos arrinconados o condenados a la muerte por medio de la eutanasia y la indiferencia de la sociedad.
Seguir a Jesús resucitado quiere decir aprender a salir de nosotros mismos para ir al encuentro de los demás, para caminar hasta las periferias de la existencia, ser nosotros los primeros en movernos hacia nuestros hermanos, especialmente los que están más alejados, los olvidados, los que están más necesitados de comprensión, de consuelo y de ayuda. Los santos, grandes testigos de la fe cristiana, que conformaron su vida con Cristo, no permanecieron pasivos ante el cambio del destino del hombre, sino que personificaron valores nuevos y originales. Son muchos hombres y mujeres que a través de la historia se gloriaron de servir a Cristo en los pobres y en los pequeños. Solo una fe que ha madurado en la experiencia de la cruz será capaz de arrojar un rayo de luz sobre el misterio del sufrimiento humano en todas sus formas.
La Pascua para nosotros, los cristianos, es la celebración de la vida y la verdad, es anunciar al mundo que la última palabra no la tiene el maligno, la aparente derrota de la cruz se convierte en el triunfo del bien y la justicia.


















































